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Hace unos días nos visitó el embajador de la Unión Europea en Bolivia, Jaume Segura, quien compartió una conferencia con nuestra comunidad universitaria. Entre las muchas ideas que dejó sobre la mesa, algunas son tema interesante de análisis.

El embajador recordó una frase habitualmente atribuida a Henry Kissinger: “Who do I call if I want to call Europe?”  Antes de seguir, desde la cautela académica, es necesario aclarar que la autoría de la frase es discutida y el propio Kissinger dijo no tener la certeza de haberla pronunciado. De cualquier manera, la pregunta sobrevivió como un símbolo del desafío que implica construir una voz común entre naciones con interés, historias y prioridades diferentes.

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Mientras lo escuchaba, inevitablemente pensé en nosotros: ¿a quién llamamos si queremos hablar con América Latina?

Nos gusta reivindicar nuestra latinidad. Hablamos de identidad latinoamericana, celebramos lo que compartimos y a veces, en algún contexto, nos ponemos entusiastas con el Latin power.

Por ejemplo, más allá de las opiniones que generó su presentación, muchos latinoamericanos, no todos, nos emocionamos viendo a Bad Bunny en el Super Bowl reivindicar desde un escenario global una identidad que sentimos también nuestra.

Por supuesto, sería reduccionista pensar que en Latinoamérica todos somos iguales. En América Latina coexisten enormes diferencias culturales, lingüísticas, políticas y sociales, incluso dentro de cada uno de nuestros países. Pero compartimos  vínculos históricos y culturales muy fuertes, aun así compartir una identidad o un lenguaje no significa necesariamente haber desarrollado la capacidad de actuar juntos.

América Latina lleva décadas ensayando distintas formas de integración, con avances reales pero también con dificultades para construir mecanismos de coordinación capaces de sobrevivir a los cambios de gobierno, las diferencias ideológicas y las prioridades nacionales. La propia CEPAL ha señalado la persistente distancia entre las aspiraciones de integración regional y muchos de sus resultados.

Hubo otra idea de la conferencia que se quedó conmigo. El embajador habló de algo que a nosotros no siempre nos resulta cómodo, la Unión Europea regula.

No soy especialista en geopolítica, pero sí he dedicado buena parte de mi vida profesional a estudiar y trabajar con modelos educativos. Quizá por eso esa afirmación me llevó inmediatamente al análisis de que en educación, Europa ofrece un ejemplo interesante. Los países siguen siendo responsables de sus propios sistemas educativos, pero han conseguido construir marcos compartidos de cooperación, objetivos, mecanismos de reconocimiento y garantía de calidad que trascienden la agenda de cada país. El Proceso de Bolonia es probablemente uno de los ejemplos más visibles y robustos.

Sus resultados, por supuesto no están libres de cuestionamientos. Pero tal vez una de las fortalezas de estos marcos compartidos es que los acuerdos y metas trascienda la menos parcialmente la agenda política de un gobierno o país  y tal vez es bueno recordar una dimensión sobre las reglas que a veces olvidamos, las reglas no solamente limitan, también pueden dar continuidad y generar confianza.

Este análisis no es sobre idealizar a Europa. El propio embajador describió con mucha franqueza la complejidad del momento que atraviesa el continente. En algún momento no pude evitar decirle: “Señor Embajador, eso suena muy poco europeo”, y tal vez esa es otra de las lecciones de la conversación. Desde este lado del mundo, a veces construimos imágenes romantizadas de otros lugares en las que abundan los problemas resueltos. Pero no existen los lugares ideales, ni los procesos concluidos. Europa también enfrenta tensiones, cuestiona sus decisiones y ahora mismo está revisando la regulación que ha construido y eso es un aprendizaje para nosotros, no para copiarlo, pero para analizar qué lecciones han dejado décadas de construcción institucional, incluidos sus aciertos, tensiones y errores.

Entonces en nuestra Latino América, el desafío no sea descubrir cuánto tenemos en común, la pregunta más difícil tal vez es  qué estamos qué estamos realmente dispuestos a construir, acordar y sostener juntos, incluso cuando hacerlo implique aceptar algunos límites individuales.

Y vuelvo también a la vieja pregunta que compartió el embajador:

If someone wanted to call Latin America, who would they call?

No tengo una respuesta. Pero vale la pena seguir pensándolo.

 

Por: Mónica Arauco Urzagaste

Vicerrectora Académica

Observatorio de Coyuntura y Asuntos Internacionales de UTEPSA

 

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