Esta columna es una opinión a propósito de "¿La era de los fines?", publicado en Revista FAL / Foreign Affairs Latinoamérica el 7 de agosto de 2026.
Hay una escena que se repite con extraña regularidad en la política internacional de los últimos años: un jefe de Estado, un editorialista o un académico anuncia, con el tono grave de quien constata lo obvio, que algo ha terminado. El fin de la globalización. El fin del orden liberal. El fin del multilateralismo. El fin de una era. La lista crece cada temporada, y sin embargo casi nunca se pregunta qué ocurre después de pronunciar esa palabra. Como advierte con acierto un texto reciente sobre este fenómeno, el lenguaje con el que una época describe su futuro no es un simple ejercicio descriptivo: es también un ejercicio de clausura. Decir que algo ha muerto es, casi siempre, dejar de buscarle sucesor.
Conviene partir de lo que ese diagnóstico tiene de razonable, porque no es una exageración retórica. Los aranceles convertidos en arma, las cadenas de suministro tratadas como vulnerabilidades explotables, la infraestructura financiera usada como instrumento de coerción todo lo que Mark Carney describió en Davos son hechos, no interpretaciones. El estancamiento del Consejo de Seguridad frente a conflictos que se prolongan durante años, la erosión de la autoridad de la Organización Mundial del Comercio, la fragmentación de cadenas productivas que hace una década se presentaba como irreversibles: ninguno de estos fenómenos es una invención de comentaristas pesimistas. El sistema internacional atraviesa, en efecto, una crisis de eficacia que sería ingenuo minimizar.
Pero hay una distancia importante entre reconocer una crisis y darla por sentenciada, y en esa distancia se juega algo más que un matiz semántico. Cuando el vocabulario público se llena de finales, ocurre algo sutil: la crisis dejar de percibirse como un momento doloroso, pero transitorio y empieza a percibirse como un estado permanente de las cosas. Y una vez que una generación asume que lo único posible es administrar la decadencia, deja de hacerse la pregunta que realmente importa: no "por qué se rompió esto", sino "qué podría reemplazarlo".
La historia ofrece aquí una lección incómoda para el presentismo: casi todo lo que hoy damos por estructural fue, en su momento de nacimiento, una apuesta incierta. La Sociedad de Naciones fracasó, pero de su fracaso no a pesar de él surgieron las Naciones Unidas. El sistema de Bretton Woods se construyó, literalmente, sobre las ruinas humeantes del orden anterior, en una conferencia de tres semanas donde nadie tenía garantías de éxito. La Unión Europea nació de un continente que se había destruido a sí mismo dos veces en treinta años. Ninguno de estos proyectos fue inevitable; todos fueron, en su momento, ideas que un grupo de personas se negó a descartar solo porque el presente parecía indicar que no había alternativa.

Vale la pena preguntarse, entonces, por qué esta generación con más acceso a información que ninguna otra en la historia parece particularmente inclinada a diagnosticar antes que a proponer. Una hipótesis: la sobreabundancia de información sobre los límites de un sistema puede volver más fácil describir por qué algo no funciona que imaginar qué podría funcionar en su lugar. Es más cómodo, intelectualmente, señalar la parálisis del Consejo de Seguridad que diseñar una arquitectura de seguridad colectiva alternativa. Es más sencillo denunciar la instrumentalización de los aranceles que construir mecanismos de cooperación económica que resistan esa instrumentalización. El diagnóstico es un ejercicio analítico; la propuesta es un ejercicio de riesgo. Y las generaciones que crecen rodeadas de certezas sobre lo que fracasa tienden, comprensiblemente, a volverse más cautas frente al riesgo de proponer.
Esto tiene, además, una dimensión regional que el texto original no explora pero que resulta imposible ignorar desde América Latina. La región conoce bien el costo de asumir el orden internacional como algo que solo puede administrarse y no transformarse. Durante décadas, buena parte de la política exterior latinoamericana ha oscilado entre la adhesión acrítica a instituciones diseñadas por otros y el rechazo igualmente acrítico de esas mismas instituciones, sin que exista, salvo excepciones, un tercer camino: el de participar activamente en el rediseño de las reglas. La región tiene motivos de sobra para desconfiar del multilateralismo tal como existe basta revisar la representación en el Consejo de Seguridad o el peso real de América Latina en la gobernanza financiera global pero desconfiar de una institución no es lo mismo que renunciar a imaginar su reforma. El riesgo, también aquí, es que la crítica legítima se convierta en resignación, y que la resignación se disfrace de realismo.
El lenguaje de la decadencia, bien mirado, no describe únicamente el estado del mundo. También configura lo que las próximas generaciones se van a permitir intentar. Por eso la pregunta pendiente no es si el orden internacional está en crisis lo está, y negarlo sería tan irresponsable como resignarse ante ello sino qué estamos dispuestos a proponer mientras dura. Porque, como bien señala el texto, antes de que exista cualquier orden nuevo, siempre hay una decisión previa: negarse a aceptar que el presente es la única versión posible del futuro.
Las reflexiones antes expuestas pueden ser igualmente pertinentes para interpretar y comprender la actual realidad boliviana.
Por: Miguel Francisco Jiménez Canido.
Internacionalista. Miembro del Observatorio de Coyuntura y Asuntos Internacionales.


