Como punto de partida, resulta pertinente recuperar una de las reflexiones centrales desarrolladas por Diana Plaza Martín en su artículo Los dueños del juego. Instituciones y control geopolítico del derecho de participación. La autora sostiene que, en un ecosistema donde competir es también una forma de existir en el escenario internacional, las instituciones deportivas internacionales ejercen un significativo poder geopolítico al determinar quién puede participar o albergar un megaevento deportivo. En un contexto en el que el deporte trasciende la competencia para convertirse en un espacio de construcción de identidad, cohesión social y proyección diplomática, estas decisiones adquieren una dimensión que va más allá del ámbito estrictamente deportivo. Como señala Plaza Martín, el ejercicio de esta autoridad institucional puede reforzar o incluso diluir la presencia simbólica de un Estado dentro de un orden internacional caracterizado por una creciente competencia y por la disputa permanente de legitimidad, prestigio y reconocimiento.
Esta afirmación, aparentemente circunscrita al terreno deportivo, encierra una de las discusiones más antiguas de las Relaciones Internacionales: ¿a quién detenta el poder en un sistema que ya no se organiza armónicamente alrededor de los Estados? La FIFA, como actor no estatal con capacidad regulatoria global, autonomía financiera y legitimidad simbólica propia, se ha convertido en un ejemplo paradigmático de lo que el institucionalismo liberal lleva décadas señalando: las instituciones internacionales no son meros instrumentos de los Estados poderosos, sino estructuras con vida propia que condicionan, habilitan y restringen el comportamiento de quienes participan en ellas.
Instituciones que organizan, no solo administran desde la perspectiva realista clásica, el deporte será simplemente una extensión del poder estatal, un escenario más donde las grandes potencias proyectan influencia y prestigio. Esta lectura no carece de evidencia: la disputa por sedes mundialistas, los boicots históricos en los Juegos Olímpicos en Moscú 1980 o Los Ángeles 1984, y el uso del deporte como vitrina de regímenes políticos confirman que la competencia por status sigue siendo un componente central de la política internacional. Sin embargo, reducir el fenómeno a una lógica exclusivamente estatocéntrica deja fuera una pieza fundamental: la propia FIFA opera como una institución multilateral con reglas, procedimientos de admisión, mecanismos de sanción y un poder de agenda que ningún Estado controla por completo. Esto es exactamente lo que el institucionalismo liberal describe cuando habla de regímenes internacionales: conjuntos de normas que reducen la incertidumbre, generan previsibilidad y, paradójicamente, terminan limitando el margen de maniobra de los propios Estados que les dieron origen. Que un país sea admitido, suspendido o autorizado a competir no depende solo de su poder material, sino de su adecuación a un marco normativo construido colectivamente y administrado por una burocracia internacional con intereses propios.

El poder simbólico y la mirada constructivista Aquí es donde el constructivismo aporta una lente indispensable. Para esta corriente, el poder no se mide únicamente en términos militares o económicos, sino también en la capacidad de construir significados, identidades y narrativas compartidas. Participar en un Mundial no es solo un hecho deportivo: es un acto de reconocimiento internacional, una forma de inscribirse en una comunidad simbólica global.
Por eso la exclusión de un equipo ya sea por sanciones políticas o por incumplimientos normativos tiene un efecto que trasciende lo deportivo: comunica al sistema internacional que ese país ha sido, momentáneamente, apartado de un espacio de pertenencia colectiva. Y es precisamente en este terreno simbólico donde el actual Mundial de naciones ha ofrecido, hasta la fase de dieciseisavos, ejemplos que merecen destacarse desde una perspectiva más optimista de las RRII. Frente a los relatos dominantes de competencia, rivalidad y nacionalismo exacerbado, hemos sido testigos de gestos que reivindican el componente cooperativo y cultural del multilateralismo deportivo.
El comportamiento de la aficionada japonesa, que una vez más ha limpiado las gradas tras los partidos de su selección, ha sido leído internacionalmente como una proyección de soft power cultural: una forma de diplomacia pública no estatal que refuerza la imagen de Japón sin que medie ningún canal gubernamental formal. De manera similar, las muestras de hospitalidad, respeto intercultural y fraternidad de la aficionada jordana han sido destacadas como un ejercicio espontáneo de diplomacia ciudadana, capaz de matizar percepciones geopolíticas previas sobre la región. Estos episodios no son anecdóticos. Para la escuela constructivista, son precisamente este tipo de prácticas las que van sedimentando identidades internacionales y redefiniendo percepciones mutuas entre sociedades. El deporte, en estos casos, no actúa como sustituto de la diplomacia tradicional, sino como un complemento que humaniza las relaciones internacionales y genera capital simbólico positivo, muchas veces más perdurable que el alcanzado a través de canales diplomáticos formales.

Multilateralismo deportivo: A ¿gobernanza global o geopolítica encubierta? La pregunta de fondo, sin embargo, permanece abierta: a ¿estas instituciones deportivas multilaterales representan una forma genuina de gobernanza global cooperativa, o son simplemente otro escenario donde se reproducen las jerarquías de poder del sistema internacional? La respuesta, como suele ocurrir en RRII, no es excluyente. La FIFA opera bajo una lógica híbrida: por un lado, construye reglas universales, procedimientos estandarizados y espacios de participación que dan voz a Estados pequeños y medianos que difícilmente tendrán protagonismo en otros foros internacionales; por otro, no es inmune a las asimetrías de poder económico, a las presiones de grandes patrocinadores ni a las negociaciones políticas que rodean la elección de sedes y la composición de sus órganos directivos. Esta tensión refleja, en miniatura, el debate más amplio sobre el multilateralismo contemporáneo: instituciones nacidas para limitar la anarquía internacional y promover la cooperación, que sin embargo no logran desprenderse completamente de las lógicas de poder que pretenden moderar. El propio sistema de clasificación mundialista, la distribución de cupos por confederación o las negociaciones en torno a las sedes de los próximos torneos son ejemplos concretos de como geopolítica e institucionalidad conviven de forma permanente.

Una ventana de optimismo dentro del realismo estructural Aun así, sería un error metodológico ignorar lo que estos torneos también revelan: que existen espacios, aunque acotados, donde la cooperación, el respeto intercultural y la construcción de identidades compartidas logran abrirse paso incluso dentro de estructuras dominadas por intereses de poder.
Los gestos de la aficionada japonesa y jordana no transforman por si solos el orden internacional, pero si demuestran que el multilateralismo no es exclusivamente una fachada institucional bacia de contenido cooperativo. Hay, en estos comportamientos colectivos, una forma de diplomacia desde abajo ¨people-to-people diplomacy” que las teorías clásicas de poder estatal difícilmente logran capturar en toda su dimensión.
En definitiva, el Mundial de naciones funciona como un laboratorio privilegiado para observar, en tiempo real, la coexistencia de las principales corrientes teóricas de las Relaciones Internacionales: el realismo que explica la disputa por sedes y prestigio, el institucionalismo liberal que da cuenta de la arquitectura normativa que regula la participación, y el constructivismo que permite comprender por qué un gesto de hospitalidad en las gradas puede pesar tanto, simbólicamente, como una declaración diplomática formal. Los dueños del juego, como bien señala Plaza Martín, no son solo quienes definen las reglas de acceso, sino también quienes, desde las gradas, construyen día a día el significado que ese juego tiene para el mundo.
Por: Elena M. Camacho QuintelaDirectora del Observatorio de Coyuntura y Asuntos Internacionales de UTEPSA


